martes, 12 de marzo de 2013

Chávez NO se ha ido


Por: Javier Diez Canseco

Luego de una impresionante agonía entendida como lucha y voluntad personal, social y política de persistir en un camino de transformaciones indiscutible, Hugo Chávez ha muerto. Una campaña electoral de las más intensas que lo llevó a viajar por todo el país y a exigirse al máximo le dio una contundente victoria frente a su opositor Capriles y le dio una consistente mayoría en las regiones y el Congreso. Chávez murió en su ley, entregándolo todo al ideal que había abrazado más allá de cualquier bienestar o placer personal. Para una gran mayoría ha sido una expresión de tenacidad y de convicción extraordinaria, digna de respeto y expresión de su amor a su país. Para otros –de estrecha visión y escasa profundidad ética– ha sido el momento para auparse al grito de “Viva la muerte” que espetó el general franquista que ocupó la universidad española que don Miguel de Unamuno conducía en la guerra civil española, quien no solo le respondió sino lo echó de la casa de estudios.

En el Perú hay quienes han respondido a la muerte de Chávez sin altura y evidenciando una extraordinaria pequeñez ética, más allá de sus discrepancias. Quienes han celebrado la muerte por encima de la vida y el respeto a las relaciones soberanas y solidarias que deberían regir entre países que forman parte del proyecto integrador más interesante hoy en el mundo, el de la integración suramericana.

¿Quién puede imaginarse Unasur, Celac, los planes de Integración Energética y Vial, las posibilidades del Banco del Sur, la integración militar suramericana para recuperar autonomía, la defensa de los espacios de autonomía regional que hoy representan Brasil, Argentina, Uruguay, Venezuela, Chile, Ecuador, Bolivia y otros que están en camino, sin Hugo Chávez?

Cuando se escriba la historia se verá que esta oleada por la segunda y definitiva emancipación tuvo a este personaje –más allá de sus aciertos y desaciertos, de sus excesos y carencias, de sus arbitrariedades y justezas– como un eje central.

Es mezquino también no reconocer a Chávez lo que le reconoce su propio pueblo. Venezuela es uno de los países con los índices más altos de satisfacción de las condiciones de vida y que ha logrado profundísimos niveles de redistribución de la riqueza generada por los recursos naturales para mejorar la calidad de vida. Empata con Finlandia en el 5º lugar de los países donde la población está más feliz, según Gallup 2010. En Venezuela, la pobreza cayó de 71% en 1996 a 21% el 2010; la extrema bajó de 40% a 7%. La desigualdad se redujo 54% (la menor en AL). Las pensiones de jubilación aumentaron de 387.000 a 2.100.000 personas. En educación, 1 de cada 3 venezolanos (de toda edad) está en un programa. 72% de infantes va a guarderías y 85% de niños en edad escolar a la escuela. En el 98, el 21% de la población era desnutrida; hoy el 5%. La mortalidad infantil bajó de 25 por 1.000 (1990) a 13 por 1.000 (2010). Un país que ha hecho extraordinarios avances en salud como me contara un médico en la clínica en la que hoy me atiendo una neoplasia.

Finalmente, si comparamos a Venezuela con Perú en la satisfacción que hay frente al régimen democrático veremos notorias diferencias. No se trata de un paraíso ni que la delincuencia y la corrupción no sean un flagelo, pero no dictemos cátedra desde esta parte de América Latina en la que el Perú ocupa los últimos lugares en educación y salud.

No cabe duda de que la figura de Chávez transformó el escenario político del siglo XXI. La falta de grandeza ante su muerte no solo implica una falta de respeto frente a un personaje que impactó en el escenario regional y mundial; conlleva además un desprecio ante el valor de la vida.

Chávez ha muerto pero no se ha ido. Más allá de contradicciones y pugnas, que vemos en todas las fuerzas políticas y en todos los países del mundo, el chavismo es hoy un árbol vigoroso y fuerte cuyo prestigio y significación crecerán. Como dijo Choquehuanca a Bolívar: “Con los siglos crecerá vuestra gloria como crece la sombra cuando el sol declina” (1825). Esta vez, el discípulo de Bolívar no murió en el olvido ni en el abandono, murió en olor de multitud, una marea roja en Venezuela y millones de latinoamericanos que hoy hacen son del viento que agita la bandera de la unidad subcontinental. Casi dos siglos después de su muerte nadie podrá negar que la espada de Bolívar cabalga por América Latina. Ojalá Venezuela asuma, con los demás, esta extraordinaria responsabilidad.

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