jueves, 11 de julio de 2013

Atestados y coartadas


 
Columna de reporteros

Reproducción de la columna ‘Las palabras’ publicada en la edición 2290 de la revista ‘Caretas’.

Por: Gustavo Gorriti

Si contamos a los que llegaron al poder por el voto, el Perú tiene tres ex presidentes vivos. Si incluimos a los que lo hicieron por la bota, ya son cuatro: Morales Bermúdez, Fujimori, García y Toledo.

Es un grupo interesante. Morales Bermúdez hizo una transición de la dictadura a la democracia. Fujimori la llevó de la democracia a la dictadura. Toledo y García, a su turno, no fortalecieron la democracia pero la respetaron.

Un grupo interesante no es necesariamente un grupo ejemplar. De los cuatro ex presidentes, dos, Toledo y García, son investigados en forma paralela por presunta corrupción. Fujimori, está en la cárcel. Y Morales Bermúdez probablemente no planea viajar a Italia, pues enfrentaría un grave proceso penal por atrocidades contra los derechos humanos perpetradas en, o desde, suelo peruano durante su gobierno, en el marco del Plan Cóndor.

Los cuatro, sin embargo, se proclaman perfectamente inocentes. Entre Ecoteva y narcoindultos, Toledo y García se disputan el encabezamiento noticioso. Pero creo que ambos confían en que el agitado intercambio de acusaciones no durará mucho y que el futuro los tratará como hasta hoy ha tratado a sus antecesores: con blandura, cortesanía y amnesia selectiva.

En nuestro país, el paso del tiempo no juzga ni revela sino encubre. Los numerosos episodios nacionales en los que la Historia debió ser un atestado terminaron usualmente siendo coartada.

Desde que empecé a trabajar en periodismo de investigación, a comienzos de los ochenta, se me hizo claro que la corrupción no era excepcional sino extendida, intensa, dominante.

Entre 1980 y 1985, tuvimos un presidente honesto, acompañado por algunos, no muchos, ministros tan honrados como él. Pero entonces hubo una corrupción abrumadora, mucho más tóxica, me parece, que la de ahora, porque el país era harto más pobre, desorganizado, en proceso de violencia creciente, con un gobierno más débil, con poco control sobre los sectores de seguridad; y con un narcotráfico de lejos más importante de lo que es ahora.

“En su manera ordenada y minuciosa, Montesinos nos había regalado un incomparable curso documental sobre cómo funciona la corrupción”.

En ese régimen fue clarísimo que no bastaba con tener un presidente probo, como fue Belaunde, pero a quien, en términos de lucha anticorrupción y de mando en su gobierno, se le escapaban las tortugas. Siendo un hombre noble, prefería concentrarse en los lados positivos de su gestión y de sus días – la obra pública en la detallada geografía, comentada con frases redondas, imágenes monumentales– e ignorar, como forma de desdén pero también de escape, todos los otros elementos de una realidad que, en varios aspectos y lugares, se le caía a pedazos.

La corrupción en el primer gobierno de García fue alta y atorrante, en medio de pujos de liderazgo internacional, con una retórica supuestamente progresista, de resonante elocuencia y aparatosos resultados: derramamientos de sangre, decisiones desastrosas y en una proliferación de cutras y de mañas que terminó, al cabo de esa década, con una economía destruida, un país asolado por la guerra interna donde, sin embargo, se robó hasta el final.

García tuvo habilidad y suerte en lograr que Fujimori  fuera su sucesor.  Este lo blindó con sus votos en el Congreso mientras  fue demócrata y luego lo persiguió cuando se hizo dictador. Beneficio por partida doble, puesto que con ello consiguió desacreditar las investigaciones contra García.

El régimen de Fujimori y Montesinos fue el primer caso en el que el crimen organizado tomó el poder. Todo lo precedente pareció convertirse en una mera anécdota, una difusa prehistoria ante la gravitación de esa oligarquía criminal.

En la transición a la democracia, el año 2000, muchos sentimos –y no solamente los optimistas pertinaces– que el destino nos había dado la oportunidad de doblegar la corrupción histórica en el gobierno de nuestra república. Nunca como entonces escuché tanto la palabra ‘refundación’ ni vi a tantos afectar la expresión de severa pero diligente dignidad de catones posmodernos.

Es que, en su manera ordenada y minuciosa, Montesinos nos había regalado un curso incomparable de documentales sobre cómo funciona la corrupción como doctrina de gobierno. Ni siquiera los archivos de la Stasi se comparaban a los vladivideos y vladiaudios en su riqueza demostrativa, en la pedagogía integrada al desarrollo de la evidencia y la contundencia de la prueba.

Encima, el azar nos dio un presidente excepcional aunque efímero en Valentín Paniagua, que en su breve persona y breve tiempo personificó las virtudes republicanas del buen decir y buen pensar, de la sencillez y austeridad junto con el coraje en la acción.

Pero ni los entusiasmos ni los gobiernos provisionales son suficientes para cambiar los hábitos arraigados de grupos y organizaciones, las subculturas, las astucias y las mañas impresas desde la Colonia en el ADN de los grupos dirigentes.

¿Se pudo haber logrado un cambio sustantivo entonces? Creo que sí. Otras naciones, con hábitos seculares de corrupción y coexistencia con mafias, como Singapur, por ejemplo, lograron cambios determinantes en pocos años; no precisamente democráticos (para eso hay otros ejemplos), pero sí eficaces.

Se necesitaba un liderazgo fuerte, lúcido, comprometido y ejemplar. Eso es lo que la gente esperó de Alejandro Toledo el año 2000, cuando los jóvenes vitoreaban a un  ‘Pachacútec’ que sintió el halago pero no la obligación.

Le dije entonces, varias veces, que él debía ser nuestro Benito Juárez, que debía dirigir y mejorar lo que Valentín Paniagua había sembrado…

Han pasado trece años y entiendo que hoy esos recuerdos suenan a chiste y que no faltará quien me pregunte si he visto el nombre de don Benito entre los accionistas de Ecoteva o en alguna otra de las empresas en las gavetas vecinas.

Pues no. Pero a la vez, ni siquiera el juego de revelaciones y la comedia de embarradas entre los fariseos que se maniobran como opción mientras calculan la impunidad, me lleva al desánimo. Si en la economía pudimos crecer bien, ¿no podemos lograrlo en la sociedad y su política? No es fácil, pero claro que podemos

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