miércoles, 5 de junio de 2013

¿Quién quiere ser soldado hoy?



En el pasado, ser soldado era tarea de gentes nobles. Eran los tiempos en que tomar las armas y reinar sobre los hombres se confundían en una misma misión. Arrostrar los rigores de una campaña militar y correr el riesgo de perder la vida eran, en cierta forma, el precio que pagaban los gobernantes por reinar.

Con el desarrollo de los Estados nacionales los ejércitos se volvieron enormes. En las guerras napoleónicas cada país movilizó a cientos de miles de combatientes. Bajo el modelo político de la república como una comunidad de ciudadanos igualados en deberes y derechos, la idea del noble como soldado dio paso a la del “ciudadano armado”. El buen ejército no sería aquél compuesto solamente de nobles e hidalgos; tampoco de soldados a sueldo o busca-fortunas, sino el integrado por los ciudadanos de la Nación. Éstos lucharían defendiendo lo que era suyo y de todos los suyos, movidos por un sentimiento de amor a la patria. El patriotismo, un sentimiento nacionalista orientado al deseo de gloria y grandeza del país del que se era natural, movió a los hombres a tolerar el alistamiento en los cuarteles, o hasta a presentarse voluntariamente, renunciando a las comodidades de la vida burguesa y con riesgo de la propia existencia.

El fin de las guerras entre las naciones “civilizadas”, el avance del mercado, el individualismo y el retroceso de los Estados pretorianos degradaron en cierta forma la profesión militar. El propio sentimiento nacionalista pareciera asunto demodé en los países del primer mundo y en las mentes más avanzadas de los del tercero.

Ser soldado se ha convertido en uno de esos oficios que en los países desarrollados solo se avienen a desempeñar los inmigrantes. Pareciera el fin del modelo del ciudadano armado y su reemplazo por lo que sería el “ejército profesional”. Igual que en los casos de médicos, maestros o jueces, la Nación requiere una fuerza especializada, en este caso para la guerra. Ser soldado no parece, empero, un oficio como aquéllos, dado el elevado nivel de riesgo que conlleva y el malestar que puede generar desenvolverse en una organización vertical, donde las órdenes deben cumplirse sin dudas ni murmuraciones.

Ser soldado se ha convertido en uno de esos oficios que en los países desarrollados solo se avienen a desempeñar los inmigrantes. Pareciera el fin del modelo del ciudadano armado y su reemplazo por lo que sería el “ejército profesional”.

 

Por ello, dejar que sea el mercado quien determine quiénes serán los soldados me parece un juego peligroso. Si la paga es mediocre, como ha sido hasta ahora en el Perú, los soldados serán los pobres; un sarcasmo del modelo del ciudadano armado, puesto que tendríamos la paradoja de que quienes, por ser pobres, gozan de menores derechos ciudadanos, o tienen menos oportunidades de ejercerlos, resultan ser los defensores de los demás ciudadanos, quienes por ser ricos ejercerán su derecho a elegir no ser soldados. Si la paga mejora, al punto de atraer voluntariamente a jóvenes de otros estratos sociales, ¿no correríamos el riesgo de convocar al Ejército a aficionados a las armas y a la violencia, como aquéllos desadaptados que de tiempo en tiempo asolan las escuelas de los Estados Unidos?

En cierta forma, creo que en esto de a quién le debe tocar ser soldado estamos ante un caso de selección adversa: esas situaciones en que quienes nos eligen no son los que nos convienen, mientras nos convienen precisamente los que no nos eligen. De ahí que crea que los mejores soldados serían los que no quieren serlo, como los pacifistas, los intelectuales y los defensores de los derechos humanos. Me los imagino luchando impecablemente contra el terrorismo, sin abusar de la población civil ni de los propios senderistas una vez rendidos. Nos habríamos ahorrado Comisión de la Verdad; y si, por último, igual la hubiera habido por algún exceso cometido, sus integrantes habrían sido más comprensivos con quienes serían gente como ellos, quizá sus propios hijos o hermanos.

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